Arxiu de novembre, 2008

El cielo, el mar limpio y transparente, el sol radiante sobre las casas encaladas, las montañas nevadas en la cima permanentemente… Esos eran sus recuerdos de niño. No se acuerda de cuándo y en qué momento empezó a interesarle la escritura, el plasmar tanta belleza que añoraba desde hacía tanto tiempo. Tal vez fue aquel libro que leyó años atrás, cuando todavía era un adolescente, y del que vagamente recuerda el contenido, pero sí su título: La casa del recodo. Eso debió ser lo que le impulsó a tomar lápiz y papel y sacar la añoranza de su alma. Al releer lo escrito nunca alcanzaba su objetivo, y le parecían superficiales aquellas palabras que, salvo en algunas frases, no conseguían describir sus sentimientos. Por eso se enfadaba consigo mismo y rompía el folio con rabia, o simplemente lo estrujaba en sus manos para después tirarlo a la basura. Esto no le hacía desistir de su empeño, porque creía conocer sus limitaciones, y al fin y al cabo, la escritura le servía de terapia para espantar la morriña.

Lo que nunca pudo saber con certeza fue en qué momento su compañera de trabajo recogía las cuartillas, estirándolas cuidadosamente para guardarlas amontonadas en una carpeta. Ella reescribía los poemas a máquina, colocando los puntos y comas donde debían estar, quitando letras equivocadas o añadiendo mayúsculas cuando convenía, y es que Marta era una chica ilustrada, como se suele decir. Ella trabajaba en la oficina, y sólo se relacionaba con Nicolás a la hora del almuerzo. Él, en cambio, fue poco al colegio, y tuvo que conformarse con ser un empleado de la limpieza, pero sí sabía leer; lo había aprendido antes de ir a la escuela, porque estaba todo el día preguntando cómo se llamaban las letras a sus hermanos mayores y a todo el que se le ponía por delante. Empezó a picarle la curiosidad del saber cuando su madre lo llevaba a misa una vez por semana; el sacerdote tenía un precioso libro rojo con filos de oro del que salían historias increíbles que a veces le hacían llorar.

En ese momento de su vida, no obstante, Nicolás tenía otra clase de preocupaciones: su trabajo, su casa, sus hijos…, pero el ratito del almuerzo era para él y para sus pensamientos. Marta lo observaba de lejos sin molestarle, y esperaba a que todos se marcharan para acercarse al contenedor y recoger su premio. Sin darse cuenta, Marta había logrado reciclar una gran cantidad de páginas. Decidió enseñárselas a su novio, que trabajaba en una editorial, y al cabo de unos meses, Nicolás recibió una carta donde muy amablemente le pedían que pasara por las oficinas para formalizar el contrato antes de que terminara el año. Una vez en la editorial, Nicolás tenía el libro entre sus manos y vio que Marta se le acercaba, ofreciéndole un bolígrafo para que se lo dedicara. Nicolás no entendía nada. Sin decir palabra, cogió el libro, lo abrió por cualquier página y leyó unas palabras al azar:

El almendro de mi casa

ya tomó agua de plata,

tiene las ramas repletas

de mariposas de nácar

Una lágrima resbaló por sus mejillas hasta romperse en las páginas del libro, dejando una mancha en forma de corazón. Nicolás escribió encima: gracias

Luisa Ros Muñoz

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(…)

25 de noviembre de 1984

Hoy mi madre y yo hemos idos a comprar figuras de Belén para enviárselas a mi prima, que vive en Sevilla. Espero que le haga tanta ilusión como aquel muñeco llamado Tragoncete que le regalamos cuando tenía cuatro años, a pesar de que ahora ya es bastante mayor. A mí la Navidad siempre me entusiasma, aunque todos nuestros parientes vivan lejos de nosotros, al igual que ella.

30 de noviembre de 1984

No tengo ni idea de qué estudiar cuando acabe la E.G.B., pues confieso que este último curso está siendo bastante difícil y laborioso para mí, a pesar de que los profesores dicen que soy inteligente.

23 de diciembre de 1984

Estas navidades conseguiré escapar del aburrimiento, mi mayor enemigo, ya que todos nuestros profesores nos han encargado algún trabajo para Navidad. Puedo imaginar a mi prima montando un hermoso Belén, como todos los de Sevilla, con su madre y usando nuestras figuritas, naturalmente. A mí lo que sí me haría ilusión que me mandasen ellos sería una caja de mantecados, ya que soy muy golosa y además son unos dulces que tardan mucho tiempo en estropearse.

(…)

Mercedes Moral

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Es joven, pero muy maduro para su edad, la profundidad de su mirada de ojos pardos, te enseña una nobleza innata, posiblemente heredada. Cuando te mira con esos ojos profundos y atentos no es un niño, ni siquiera un adolescente inquieto, es casi un adulto cargado de sensatez, no hace nada sin medirlo antes, sin saber cual será el resultado.

La rutina le da seguridad, las alteraciones y los cambios lo descolocan, le alteran su ritmo natural.

Sus movimientos son tranquilos, a veces excesivamente lentos, camina despacio, con paso firme y seguro, no gesticula en exceso aunque si es expresivo.

Habla mucho con un vocabulario rico y claro, siempre expresa lo que quiere decir, no da lugar a las dudas o a los malos entendidos, su acento es limpio y contundente.

Su cuerpo es proporcionado, se está estirando, alargando en las formas, sus cálidas manos nunca están frías, igual de cálido es su corazón, es sensible a lo que le rodea, a lo que ve y a lo que escucha.

Nunca quiere ser el protagonista, ni la estrella, prefiere la seguridad que le proporciona estar en segundo plano, le permite estar ahí por si alguien le necesita. Le reconforta ayudar a los demás.

Es feliz con las pequeñas cosas que ve y siente a su alrededor, no es una persona de grandes ambiciones, sino de pequeños detalles, de cosas simples.

Es guapo, tiene unas largas pestañas y unos labios bien dibujados, carnosos y rojos. Su rostro es equilibrado, sin excesos en la nariz ni en las orejas ni en nada.

Su piel siempre tiene buen color, nunca está pálido ni con aspecto enfermizo, rebosa salud.

Es un buen deportista, aprende a esforzarse, a compartir victorias, a asumir los fracasos, entiende lo que es jugar en equipo y compartir lo bueno y lo malo, la idea de justicia suele guiar sus actos.

Su sonrisa, unida a la profundidad de sus ojos son su armas secretas, él todavía no sabe como utilizarlas, ni siquiera sabe que las tiene, ahora las usa de forma natural, ingenua.

Cuando te mira y sonríe, se enciende su rostro, te invade de una forma arrolladora.

Sus besos y sus abrazos, siempre van unidos, son generosos, sin esperar nada a cambio, no los raciona, los regala.

Él no quiere ser la estrella, pero sí es mi lucero.

Yolanda Gómez

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Rita Arniches siempre conservará la imagen de aquel hombre que dejó huella en el paso de su vida.

Se llamaba Tom Green. Era un hombre de treinta y tres años del que se podía decir que su único oficio era vagar por el mundo con una mochila de harapo como equipaje. En sus facciones se asomaban pequeñas arrugas que le seguían en el tiempo y una sonrisa burlesca. Tenía unos ojos pequeños y marrones enmarcados en unas gafas de pasta negras que le daban el aspecto de un hombre interesante e inteligente pero, a la vez, su pelo descabellado mostraba a un joven rebelde y vulgar.

Por su parte, Rita Arniches era una joven que vivía en un barrio céntrico de Lisboa. Tenía veinte años y era estudiante de historia en tercer curso. Era inteligente pero un poco ingenua, amiga de sus amigos. Tenía un pelo largo, liso y de un color rojizo tostado como el color de los ladrillos mojados por la lluvia y una mirada penetrante de color verde.

En apariencia, no parecía que dos personas que venían de mundos distintos compartieran algo en común pero, amigos míos, todo dicho está mal dicho y las apariencias pueden engañar como los efectos ópticos nos engañan en un truco de magia.

El primer encuentro tuvo lugar en un sitio público, un autobús de la zona céntrica de Lisboa, en el barrio de la Baixa. Era una madrugada ventosa y, huyendo del viento, ambos venían de tomar unas copas en algún bar o taberna de por allí. Ella llevaba un vestido negro.

Se sentaron el uno frente al otro a cierta distancia y en seguida sus miradas se cruzaron. Rita, en un primer momento, no le prestó atención ya que pensó que su mirada era como esas miradas con las que se cruzaba en sus trayectos hacia la universidad o al volver de allí o de cualquier otro lugar. En todo caso, miradas insípidas y vacías, cansadas de la vida.

Al rato que Tom no dejaba de mirarla ella lo notó y entonces se fijó en él. Tom tenía una mirada descarada, intimidadora y a la vez llena de dulzura y Rita sucumbió ante ella. Sin saber porqué, Rita pensó que ese hombre debía ser el hombre más solitario del planeta.

Estuvieron así todo el trayecto hasta que finalmente llegaron a su destino. Casualmente bajaron en la misma parada. Tom se le acerco y suavemente le dijo: “Chica de negro, te he estado observando y creo que tienes la mirada más solitaria que he visto nunca”. Ella sorprendida le contesto: “Hombre de mirada solitaria yo también lo pensaba”.

Caminaron horas deambulando por las calles, hablando, sin ningún destino más que aquel que les había permitido conocerse.

Tom le habló de sus múltiples experiencias en cada uno de sus viajes. Ella le oía fascinada y con mucha envidia. Rita, aparte de algunas escapadas a Madrid o Barcelona, solo había podido “palpar” todos aquellos lugares descritos por él en los libros de Historia, siempre imaginándose en algún lugar remoto y perdido.

Hablaron de literatura, de música, de la meditación, de Buda, de los paisajes y de lo mal que estaba el mundo en general. Se rieron, se rieron mucho.

Luego, inevitablemente cada uno siguió su camino. Tom en la carretera y Rita en su perfecta vida estudiantil.

Parecía como si la soledad hubiese sido generosa con ellos y les hubiera concedido un momento eterno en perfecta compañía.

Tom y Rita. Dos almas solas que se encontraron y siguieron solas manteniendo la esperanza del próximo encuentro.

Irma Estopiñà Toquero

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