Rita Arniches siempre conservará la imagen de aquel hombre que dejó huella en el paso de su vida.

Se llamaba Tom Green. Era un hombre de treinta y tres años del que se podía decir que su único oficio era vagar por el mundo con una mochila de harapo como equipaje. En sus facciones se asomaban pequeñas arrugas que le seguían en el tiempo y una sonrisa burlesca. Tenía unos ojos pequeños y marrones enmarcados en unas gafas de pasta negras que le daban el aspecto de un hombre interesante e inteligente pero, a la vez, su pelo descabellado mostraba a un joven rebelde y vulgar.

Por su parte, Rita Arniches era una joven que vivía en un barrio céntrico de Lisboa. Tenía veinte años y era estudiante de historia en tercer curso. Era inteligente pero un poco ingenua, amiga de sus amigos. Tenía un pelo largo, liso y de un color rojizo tostado como el color de los ladrillos mojados por la lluvia y una mirada penetrante de color verde.

En apariencia, no parecía que dos personas que venían de mundos distintos compartieran algo en común pero, amigos míos, todo dicho está mal dicho y las apariencias pueden engañar como los efectos ópticos nos engañan en un truco de magia.

El primer encuentro tuvo lugar en un sitio público, un autobús de la zona céntrica de Lisboa, en el barrio de la Baixa. Era una madrugada ventosa y, huyendo del viento, ambos venían de tomar unas copas en algún bar o taberna de por allí. Ella llevaba un vestido negro.

Se sentaron el uno frente al otro a cierta distancia y en seguida sus miradas se cruzaron. Rita, en un primer momento, no le prestó atención ya que pensó que su mirada era como esas miradas con las que se cruzaba en sus trayectos hacia la universidad o al volver de allí o de cualquier otro lugar. En todo caso, miradas insípidas y vacías, cansadas de la vida.

Al rato que Tom no dejaba de mirarla ella lo notó y entonces se fijó en él. Tom tenía una mirada descarada, intimidadora y a la vez llena de dulzura y Rita sucumbió ante ella. Sin saber porqué, Rita pensó que ese hombre debía ser el hombre más solitario del planeta.

Estuvieron así todo el trayecto hasta que finalmente llegaron a su destino. Casualmente bajaron en la misma parada. Tom se le acerco y suavemente le dijo: “Chica de negro, te he estado observando y creo que tienes la mirada más solitaria que he visto nunca”. Ella sorprendida le contesto: “Hombre de mirada solitaria yo también lo pensaba”.

Caminaron horas deambulando por las calles, hablando, sin ningún destino más que aquel que les había permitido conocerse.

Tom le habló de sus múltiples experiencias en cada uno de sus viajes. Ella le oía fascinada y con mucha envidia. Rita, aparte de algunas escapadas a Madrid o Barcelona, solo había podido “palpar” todos aquellos lugares descritos por él en los libros de Historia, siempre imaginándose en algún lugar remoto y perdido.

Hablaron de literatura, de música, de la meditación, de Buda, de los paisajes y de lo mal que estaba el mundo en general. Se rieron, se rieron mucho.

Luego, inevitablemente cada uno siguió su camino. Tom en la carretera y Rita en su perfecta vida estudiantil.

Parecía como si la soledad hubiese sido generosa con ellos y les hubiera concedido un momento eterno en perfecta compañía.

Tom y Rita. Dos almas solas que se encontraron y siguieron solas manteniendo la esperanza del próximo encuentro.

Irma Estopiñà Toquero

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