El cielo, el mar limpio y transparente, el sol radiante sobre las casas encaladas, las montañas nevadas en la cima permanentemente… Esos eran sus recuerdos de niño. No se acuerda de cuándo y en qué momento empezó a interesarle la escritura, el plasmar tanta belleza que añoraba desde hacía tanto tiempo. Tal vez fue aquel libro que leyó años atrás, cuando todavía era un adolescente, y del que vagamente recuerda el contenido, pero sí su título: La casa del recodo. Eso debió ser lo que le impulsó a tomar lápiz y papel y sacar la añoranza de su alma. Al releer lo escrito nunca alcanzaba su objetivo, y le parecían superficiales aquellas palabras que, salvo en algunas frases, no conseguían describir sus sentimientos. Por eso se enfadaba consigo mismo y rompía el folio con rabia, o simplemente lo estrujaba en sus manos para después tirarlo a la basura. Esto no le hacía desistir de su empeño, porque creía conocer sus limitaciones, y al fin y al cabo, la escritura le servía de terapia para espantar la morriña.
Lo que nunca pudo saber con certeza fue en qué momento su compañera de trabajo recogía las cuartillas, estirándolas cuidadosamente para guardarlas amontonadas en una carpeta. Ella reescribía los poemas a máquina, colocando los puntos y comas donde debían estar, quitando letras equivocadas o añadiendo mayúsculas cuando convenía, y es que Marta era una chica ilustrada, como se suele decir. Ella trabajaba en la oficina, y sólo se relacionaba con Nicolás a la hora del almuerzo. Él, en cambio, fue poco al colegio, y tuvo que conformarse con ser un empleado de la limpieza, pero sí sabía leer; lo había aprendido antes de ir a la escuela, porque estaba todo el día preguntando cómo se llamaban las letras a sus hermanos mayores y a todo el que se le ponía por delante. Empezó a picarle la curiosidad del saber cuando su madre lo llevaba a misa una vez por semana; el sacerdote tenía un precioso libro rojo con filos de oro del que salían historias increíbles que a veces le hacían llorar.
En ese momento de su vida, no obstante, Nicolás tenía otra clase de preocupaciones: su trabajo, su casa, sus hijos…, pero el ratito del almuerzo era para él y para sus pensamientos. Marta lo observaba de lejos sin molestarle, y esperaba a que todos se marcharan para acercarse al contenedor y recoger su premio. Sin darse cuenta, Marta había logrado reciclar una gran cantidad de páginas. Decidió enseñárselas a su novio, que trabajaba en una editorial, y al cabo de unos meses, Nicolás recibió una carta donde muy amablemente le pedían que pasara por las oficinas para formalizar el contrato antes de que terminara el año. Una vez en la editorial, Nicolás tenía el libro entre sus manos y vio que Marta se le acercaba, ofreciéndole un bolígrafo para que se lo dedicara. Nicolás no entendía nada. Sin decir palabra, cogió el libro, lo abrió por cualquier página y leyó unas palabras al azar:
El almendro de mi casa
ya tomó agua de plata,
tiene las ramas repletas
de mariposas de nácar
Una lágrima resbaló por sus mejillas hasta romperse en las páginas del libro, dejando una mancha en forma de corazón. Nicolás escribió encima: gracias…
Luisa Ros Muñoz
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