Me gustan los días como hoy, cuando entro en el restaurante y veo la mesa vacía, mi mesa. Es la mejor, situada junto a la ventana. Mientras espero los platos puedo observar a la gente sin ser vista y a los edificios de enfrente con las pequeñas ventanas que hacen que me imagine las vidas interiores. Mi terapeuta dice que son estas pequeñas satisfacciones cotidianas las que tengo que empezar a saber valorar.

He acabado la ensalada y el camarero me trae el solomillo. Lo corto y sangra, odio la sangre, no puedo superarlo, me repugna y me marea. Tengo la imagen de Hannibal Lecter guisando el cerebro de su víctima; nunca debí ver esa película ni vomitar sobre mi vecino de butaca.

Respira, respira, recuerda lo que te dice el terapeuta, respira y piensa, respira y piensa y entonces actúa. “Por favor, ¿sería tan amable de pasarlo un poco más?”.

Pero, ¿por qué sonríe este imbécil?. ¿Por qué lanza una mirada de complicidad a la rubia de la mesa de al lado?. No tienen ni idea de cómo soy, no tienen derecho a juzgarme. ¿Acaso notan cómo tiemblo?. ¿Cómo me sudan las manos?. Respira, respira y piensa, sé fuerte, no te dejes llevar por los primeros impulsos.

Pero ya he salido a la calle después de tirar la silla, me he dejado la chaqueta dentro, tropiezo con un transeúnte, cruzo la calle y esquivo un coche, abro la puerta del edificio de las ventanas pequeñas y subo al primer piso, saco la llave del bolsillo y entro. Lo conozco, no hace falta abrir ninguna luz y no hay muebles que me hagan tropezar. Llego a la habitación, subo un poco la persiana, no demasiado. Y cojo la recortada; está cargada.

Me sitúo, apunto directamente a la cabeza del estúpido camarero, respiro y… diparo, la bala le llega al cuello, brota la sangre a borbotones y tiñe su camisa blanca, cae al suelo. Respiro y disparo a la rubia, esta vez en el pecho y sus compañeros de mesa reciben la salpicadura de su sangre en la cara, en los brazos. Y salen a la calle aterrados y ensangrentados.

Yo respiro, respiro y pienso. Necesito seguir los consejos de mi terapeuta, no puedo ser tan pusilánime, pero realmente no sé cómo hacerlo.

Dejo de mirar por la ventana del restaurante, se acerca el camarero. “Su solomillo, señora, espero que esté a su gusto”.

Tengo que apreciar las pequeñas victorias, hasta ahora he conseguido la mitad; domino la respiración, sólo me falta dominar el pensamiento.

Ana Cutillas

Un comentari a “Una historia trepidante y ensangrentada”
  1. irma diu:

    sens dubte, en la meva opinió, es un dels millors escrits.

    :)

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