Estaban todos. Diecisiete. Los conté mientras la dependienta envolvía los regalos. Los Álvarez, una señora familia, como dijo la chica. Que no parar de crecer, aumentará próximamente, añadí, compartiendo con ella el embarazo de Alicia. Un paquete más que habrá que hacer el próximo año. Salí de allí con la pesada bolsa llena de cajas de todo tipo: perfumes para Sandra, el mp4 para Eduardo, la videoconsola para María… No, no me había olvidado nada, la lista estaba completa.

Se me echaba el tiempo encima, otro año que tenía que correr. Detrás de mí, la chica se disponía a cerrar la persiana. Cargué todo en la furgoneta y partí. Las calles se estaban quedando vacías, sólo algunas personas que corrían a sus casa, o bajaban apresuradas de algún taxi, o de los pocos autobuses que aun no habían terminado el servicio.

Cuando llegué a casa de los Álvarez, observé el comedor. Un escenario que me resultaba muy familiar, llevaba veinte años visitándoles. La mesa se encontraba preparada, la llegada de hermanos, hijos e hijas, y luego los novios y novias, hizo que se instalara una auxiliar, se había quedado demasiado pequeña. Algunas fuentes con aperitivos, una jarra con agua, dos botellas de vino y las copas y platos que María, la señora, saca en esta ocasión. De la cocina llegaba el olor del cabrito recién hecho al horno, y de los langostinos a la plancha. Un menú navideño que esta familia no ha cambiado en todo este tiempo.

Comencé a contarlos a ellos. Dieciséis. No, diecisiete. David, el novio de Raquel, acababa de llegar y saludaba a todo el mundo antes de ir a dejar su abrigo. Se ha ganado con su simpatía a todas las mujeres del grupo. Ya podía comenzar la cena que el señor Pedro hacía rato que estaba impaciente por empezar, y se atrevía a picar algo, provocando la ira de su mujer, que mientras iba y venía a la cocina, le echaba en cara su mala educación. En poco más de una hora yo estaría dentro con los regalos.

La cena transcurrió sin ninguna novedad. Cuando terminaron los postres, José Luis, el menor de los Álvarez, sacó un pequeño tronco al que le habían pintado una cara en un extremo, colocado un gorro rojo, y envuelto en una manta. Comenzaron a cantar y el pequeño Eric golpeó con un palo al tronco, y de debajo de la manta una mano sacó un regalo para él. Un libro de dibujo con una caja de colores. Después uno a uno, todos siguieron dándole palos a aquel trozo de árbol y recibiendo regalos. Absurdos regalos. Un lote de pinzas para la ropa a Héctor, que cambió por una alfombra para el ratón del ordenador a Toñi, su madre; un libro de sudokus para Eduardo. No podía creerlo, ¿qué les sucedía?, ¿y el juego para la Play que hace dos días deseaba? Reían y disfrutaban con los regalos de un todo a cien. Yo miraba la bolsa que con tanto esfuerzo había subido hasta allí, que tanto me había costado reunir, observándoles durante días, escuchándoles para tratar de saber qué les gustaría recibir. Me hice una detallada lista con objetos que valían mucho dinero, recorrí varios almacenes buscando cada cosa, y ahora todos se encontraban la mar de contentos con cosas como un paquete de rollos de celo, o un abridor de botellas.

Y no me invitaron a pasar. Me estaba helando de frío en el balcón, así que arrojé la bolsa e hice polvo todos aquellos regalos y me marché de allí. Un simple tronco me había humillado.

Eduardo Torralvo

Un comentari a “La derrota de Papá Noel”
  1. CRISTINA diu:

    un conte molt bo. l’eduardo és tot un escriptor i un amic i company de lletres.felicitats pel conte i per la pàgina.bones feste.

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