Pedro salió a la terraza, donde una empleada terminaba de servirle el desayuno. Sin saludarla, la despidió con un gesto frio y autoritario de sus manos. Con las personas que tenía a su servicio no solía tener muestras de educación, solo ordenaba con mucho rigor cuanto esperaba que hiciesen.

La mesa estaba llena, como a él le gustaba. Una vez sentado, decidía qué tomar. Se sirvió un zumo de naranja, untó un par de tostadas con tomate y colocó encima sendas lonchas de jamón. Mientras engullía, no degustaba la comida, miraba alrededor. Desde allí divisaba la carretera que descendía, serpenteando a través de la urbanización, y adentrándose en las estrechas calles del Casco Viejo, al puerto. Podía ver los tejados y los jardines de los chalés de sus vecinos entre los pocos árboles que había, y los de las casas del pueblo que parecían tocarse.

Yo le observaba sin miedo a ser vista, porque él nunca reparaba en mí.

Hacía pocas semanas que Pedro había llegado a aquella casa. Un lujoso edificio rectangular de dos plantas que él mismo mandó construir, con amplias cristaleras que llenaban de luz las espaciosas habitaciones y salas decoradas con muebles modernos y funcionales. De luz y de mar. Había escogido para su casa el alto de una montaña cuajada de pinos, que sus máquinas y operarios no tardaron en arrancar para hacer aquel grupo de viviendas llenas de coches y de gente.

Ay, como me dolió oír caer los árboles y las máquinas arrasándolo todo. Y el silencio que quedó cuando marcharon los pájaros.

Así había llegado a ser él. Sin sentimientos ni escrúpulos, no paró hasta conseguir el poder y la riqueza de que hacía gala. Estar arriba.

Y qué daño me había hecho hasta llegar ahí. Pero estaba ciego, no veía mis heridas.

Desde su trono, mientras saboreaba un café, contemplaba el pequeño puerto donde fondeaban tranquilos una veintena de pequeños barcos de pesca, los mismos que cada tarde llenaban el aire de un agradable olor a pescado cuando regresaban de faenar. Muy cerca dos excavadoras destruían parte de la montaña que penetraba en el mar sirviendo de abrigo a las naves de los pescadores, a los que un gran cartel anunciaba la construcción de cincuenta amarres deportivos. La empresa de Pedro era la encargada de aquella obra.

De aquella destrucción que yo veía y sentía, como tantas otras que había hecho. Qué daño me hacía cada dentellada de las máquinas, cada árbol arrancado de cuajo.

Llevaba varios minutos sin moverse. Un trozo de tostada había caído sobre su barriga. La empleada volvió y le preguntó si podía retirar los restos del desayuno. Él no movió los labios, ni la cabeza para afirmar o negar. Tampoco le indicó con las manos cual era su respuesta. La chica le miró fijamente, observando que no respiraba, el trozo de pan no se movía sobre su grueso vientre. Se acercó a él, le colocó la mano cerca de la nariz y la boca y comprobó que no respiraba. Corrió al interior de la casa y volvió acompañada de dos personas más del servicio.

El cielo apaga la luz sobre el mar que él tanto adoraba con un manto oscuro. El agua que desprende desborda mi propia agua. Toda yo comienzo a ser agua por los pies, mientras una máquina muerde mi vientre, sin dolor, para depositar a Pedro.

EDUARDO TORRALVO

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