Arxiu de març, 2009

- Me llamo Ramón Saldaña.

- No, no se empeñe señorita no le voy a dar más información.

- Si, si…, usted quiere que le diga todo sobre mi vida para luego utilizarlo con malas artes.

- A usted no le interesa si yo estoy casado o no. ¿No he venido yo solo?… Pues para que quiere saber nada más…

- Usted ponga en la máquina mi nombre, Ramón Saldaña y nada más.

- Que noooooooo… que no le voy a decir nada de lo que me pregunta.

- No me tienen que avisar por teléfono yo vendré en persona.

- Que no le voy a dar la dirección…, que a usted no le importa para nada donde vivo.

- Le digo que vendré en persona.

- A ver…, si usted no me quiere hacer caso tendré que hablar con su jefe.

- A ver señorita… A mí la cola no me importa para nada…, yo también he estado esperando mucho rato.

- Buenos días. Me llamó Ramón Saldaña. A ver si con usted nos podemos entender.

- Veo que vamos por el mismo camino que con la señorita. A ver si nos entendemos de una vez… Yo solo quiero cobrar los cien euros que pone en ese papel… ¿Lo ve? Aquí lo dice muy claro: “El Ayuntamiento pagará esta cantidad, y por una sola vez, a todos los jubilados mayores de setenta años que vivan en la localidad”.

- A ver… a ver, a mi no me hará creer que si pone mi nombre en la computadora…, no le dice que estoy jubilado y que tengo ni más ni menos que setenta y un años, tres meses y dos días.

- No insista no le daré ninguna explicación más. Ni mi domicilio, ni si estoy casado, ni si vivo solo o acompañado. Que nooooooooo, no insista…

- Mire… ve su papel…, pues ya está roto… No se hable más del asunto. Buenos días.

Estoy muy enojado… Muy enojado. Ya no hay educación ni respeto como antes. ¡Como me han tratado! Me querían sonsacar información y conmigo no van a poder. ¡Pues si señor! No tengo el nombre puesto en el buzón para eso, para que no me localicen. Entro y salgo del bloque de pisos sin hacer ruido y vigilando que nadie me vea y si alguna vez me cruzó con alguien no lo miro a la cara… al suelo, miro al suelo y aún hay alguien que me dice buenos días. Será posible… hasta los vecinos quieren espiarme. Es que en este mundo ya no estamos seguros en ningún sitio. ¡Ay!… si Juana viviera… pobrecita con lo reservada que era ella. Diez años y once días hace que se murió, y mejor así. Si hubiera visto como hoy me han querido sonsacar información…, y es que no tienen respeto ni por un pobre viejo de setenta y un años, tres meses y dos días.

No me lo saco de la cabeza, y eso me distrae de lo mío, de cómo llego a casa, y de cómo los voy a despistar. Si quieren sacar información de los otros viejos que lo hagan. Allá ellos, los desgraciados, pero conmigo ni hablar. Ahora me tengo que concentrar. Cogeré tres autobuses, uno para el lado contrario de donde vivo, luego cogeré otro para el centro y por fin el que me dejara a dos calles de mi casa. Estos seguro que tienen espías por todas partes y me seguirán. Seguro… emplean malas artes para averiguar todo de los pobres viejos y quitárnoslo todo. Por cien euros… ¡Bah!

ASSUMPTA VENDRELL

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Acostumbrado a una vida más que cómoda, a sus cuarenta y tres años, Gonzalo nunca había tenido la necesidad de trabajar. La desidia y la apatía lo acompañaban en su rutinaria vida. Conservaba dos o tres amigos de la juventud y las mujeres que había conocido nunca llegaron a complacer a su madre.

Su monotonía solo se veía afectada por las semanales visitas de sus tías y las amigas de su madre. Entonces debía bajar al salón y ser complaciente. Apoltronado en su sillón, con la mirada perdida pasaba las tediosas veladas, asintiendo sin saber y esbozando sonrisas para el agrado de quien le mantenía.

Por eso cuando en Julio murió la madre, el mundo de Gonzalo se desmoronó. Quizá por las frases de sus parientes, o porque por fin tomó consciencia de la situación, por primera vez en su vida se dio cuenta que debía empezar a pensar y actuar  por sí mismo sin esperar el consentimiento de nadie.

Nunca hubiera creído que las tardes de visitas se pudieran echar de menos, así que empezó a salir. Caminaba sin rumbo y se paraba a descansar en algún parque, allí en el banco hacía lo que sabía, asentir a las madres que hablaban de sus hijos y esbozar sonrisas. Pero notaba que algunas lo miraban mal.

No se sabe si por hablar con alguien o por hablar de alguien, Gonzalo se compró un perro.

Desde ese momento, entró en un mundo desconocido. Alguien sin más se acercaba al banco y le hacía un comentario agradable sobre el animal o le contaba algo que podía parecer interesante. Y descubrió también a otros perros y a sus propietarios que sentían la , al principio incomprensible necesidad, de compartir sus experiencias. Había tardes en que llegaba casi exhausto a su casa, demasiada información, demasiadas conversaciones.

A medida que pasaban los días,  reencontró el mismo poder de abstracción que tenía con sus tías, y mientras los demás hablaban, se dedicaba a observar a los otros perros que eran el reflejo de sus amos, cursis, repelentes amables y a imaginar qué vida llevaban. Poco a poco se dio cuenta que le interesaban más las historias de los perros que las de las personas. Mirándolos a los ojos creía saber qué les estaba pasando. Incluso sentía que ellos le hablaban y en alguna ocasión incluso le pedían ayuda.

Su visión del mundo empezó a cambiar. Cuando en alguna ocasión se encontraba con las amigas de su madre o sus tías le visitaban, le resultaba casi inevitable compararlas. ¿Cómo nadie se había dado cuenta que la tía Gloria era exactamente igual que un chihuahua?, y Mercedes con esos andares tan ridículos… era un pequinés, cogida del brazo del buldog de su marido.

Una  tarde el dueño de un pastor alemán, que él sabía falto de caricias, llegó al parque desencajado por la desaparición de su perro. Nadie lo había visto, pero prometieron hacer todo lo posible para encontrarlo. Gonzalo fue uno de los que lo consoló. E incluso se ofreció para recorrer por las mañanas barrios vecinos para buscarlo.

De esa manera amplió sus limitados horizontes, era un asiduo de nuevos parques y en todos ellos entablaba conversaciones con los diferentes animales. Aquella extraña actitud provocaba cierta hostilidad entre los amos de los perros que no entendían demasiado bien el comportamiento de aquel hombre  callado y distante. Sin embargo,  él ya no podía vivir de otra manera. Pasaba prácticamente el día recorriendo un parque y otro y de camino se paraba ante cualquier perro que le dijera lo desgraciada que era su vida, hablaba de cualquier banalidad con el amo , mientras intentaba dar consuelo al animal.

De manera alarmante aparecieron , por los diferentes barrios, carteles anunciando la desaparición de perros fieles, muy queridos por los desconsolados amos que no concebían su vida sin ellos.  Casi a la misma vez Gonzalo también desapareció. No se podía decir que nadie lo echara de menos o incluso que alguien reparara en ello.

Semanas después una de sus tías entró en casa, el hedor era casi insoportable. Allí en el sillón apoltronado  y con la sonrisa  imbécil de siempre estaba Gonzalo. Muerto desde hacía días y rodeado por una verdadera jauría a su alrededor.

ANA CUTILLAS

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S’ajusta el barret amb aristocràtics tocs de dit fins que aquella negra copa llueix amb perfecció. Llisca la capa per les espatlles fent-la caure elegantment i agafa el bastó per l’arrodonit pom daurat abans de tancar la porta rere seu. Fosqueja, tot i no ser massa tard. Fa dues setmanes que hi ha taula reservada al selecte Café Royal. És el primer cop que gaudirà de tan distingit i dispendiós restaurant, peró l’ocasió i la companyia ho mereixen. Surt al carrer amb decisió i convenciment tot i que es viuen moments d’incertesa i por, especialment per part de les dones que hi tenen el seu lloc de feina habitual. La policia metropolitana i l’Scotland Yard van de corcoll  intentar enxampar l’escorredís autor dels esgarrifosos crims perpetrats darrerament al barri de Whitechapel, tan proper com freqüentat.

Encara no ha arribat al xamfrà on enfilarà Dorset St. amunt, just davant de l’oficina de correus, una petita brillantor  crida la seva atenció. S’ajup i agafa una petita moneda. És un miserable i inservible penic, foradat just al centre amb precisió, qui sap amb quin propòsit. Sense saber ben bé que fer-ne, decideix no llençar-la. No té cap valor peró amb aquell curiós trau potser li trobarà algun quefer. La introdueix en una butxaca de l’armilla i repren el camí. En arrivar al final de Dorset St., resol no vorejar Hyde Park i comença a travessar-lo per l’interior. La nit és plàcida i extranyament no hi ha gairebé boira. En aquest curt trajecte té com a tota companyia alguna parella prometent-se amor etern en un banc i el piulejar provinent dels arbres. Passant sota la portalada forjada, a l’altre banda del carrer, es veu l’anar i venir continuat de carruatges senyorials, davant el Café Royal. Al fons, la llum fumejant de Whitechapel.

Es disposa a creuar el carrer quan una mà el subjecta pel braç.

- Per ventura, cavaller, no tindria pas uns penics ?, si puc dur alguna cosa de menjar a casa, li estaré infinitament agraït, els nens podran dormir avui amb l’estòmac serè.

Un home vestit amb evident mal gust, peró no excessivament brut el mira amb ulls implorants. Duu uns guants desfilats que no amaguen els dits i té una cicatriu en forma de set sota l’ull esquerra. Li torna la mirada, altívol, aparta  d’una estrabada la mà que el té subject i dona un parell de passes abans de parar-se i tornar enrera.

- Mira, avui és el teu dia de sort –li dedica amb un orgullós somriure-, creus que la mainada i tú tindreu prou amb aquest ?.

Dit aixó, agafa el penic foradat de la butxaca i amb un hàbil moviment de dits el llença enlaire. Cau a terra rodolant davant el captaire, que s’afanya a recollir-lo.

- Gràcies, senyor, Dèu sabrà pagar la seva generositat !.

El pobre diable el rodeja abraçant-lo com fan dos amics retrobats després de molts anys.

- Gràcies, senyor, es vostè un àngel ! – repeteix mentre l’abraça un cop i un altre-.

L’aparta ara amb certa violència i dedicant-li improperis i menyspreus, travessa el carrer.

- Gràcies, senyor, gràcies !.

El Café Royal és el restaurant més luxós de l’East End. Exclusiu, de gent benestant, on aristòcrates, burgesos, artistes i algun polític es barregen sense pudor amb qualsevol que pugui fer front a la despesa. Immenses làmpares de llàgrimes permeten veure amb tot detall la suntuositat de la seva arquitectura i l’esplendor del seus mobles victorians. Tothom es mou com en un ball reial, vestimentes de somni i joies enlluernadores competeixen en silenci.

L’acompanyen a la taula on ja l’espera una somrient senyoreta que duu un vestit llogat per a l’ocasió amb no poques dificultats. Es dediquen una cordial salutació i seuen disposats a passar una romàntica nit. Un cambrer acut i després d’una estrident reverència, els hi entrega dues cartes de pell i desapareix entre les taules.

      • * * * *

Ha estat un sopar esplèndid. Gairebé tres hores de somriures, petites confessions, secrets i il.lussions deixats anar, acompanyat tot de les melodies suaus i penetrants que interpreta un experimentat quartet, i per suposat, de les exquisitats del maitre. El cap de sala arriba amb una nota dins una funda igualment de pell. La deixa en un cantó, a la seva esquerra, i queda dret, seriòs, escodrinyant sutilment tot el que succeeix entre taules. Després de llegir la nota amb supèrbia indissimul.lada, introdueix els dits dins la butxaca interior de la jaqueta. La sobtada palidesa del seu rostre delata l’esgarrifòs calfred que està patint. S’aixeca tremolós mentre les mans el recorren de cap a peus amb rapidesa i neguit, tots els racons i butxaques son escorcollats sense trobar res més que un manat de claus.

- No pot ser !. Escolti, no sé que ha passat, li juro, ha d’haver una explicació…!

El cap de sala fa un petit moviment simultàni entre el cap i la mà esquerra i d’immediat es presenten a la taula 3 homes que no s’havien vist en cap moment de la vetllada.

- Acompanyeu a aquest senyor a l’oficina, -diu el cap de sala amb sospitosa ironia- i vigileu que no li falti de res fins que jo arrivi.

- Si us plau,  li estic dient la veritat !.

La bella acompanyant no gosa aixecar el cap, avergonyida i sofocada davant l’inquissidora mirada dels comensals presents.

Dos dels homes l’agafen un per cada braç mentre l’altre es col.loca darrera. Se l’emporten entre rialles i comentaris sarcàstics per vergonya d’ella i desesperació d’ell. Apropant-se a una discreta porta que hi ha al fons de la sala, on acaben les taules, una veu li és vagament familiar:

- Creus que tindràs prou amb aquest ?.

Un petit objecte dibuixa una curta paràbola a l’aire abans de caure rodolant davant seu. És una moneda de penic foradada justament pel centre. Gira el cap abans de ser introduït en “l’oficina” a temps de veure un home impecablement vestit i amb una petita cicatriu en forma de set sota l’ull esquerra que, aixecant una copa li dedica un majestuós brindis:

- Salut, avui és el teu dia de sort !.

PERE MONTEAGUDO

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