Acostumbrado a una vida más que cómoda, a sus cuarenta y tres años, Gonzalo nunca había tenido la necesidad de trabajar. La desidia y la apatía lo acompañaban en su rutinaria vida. Conservaba dos o tres amigos de la juventud y las mujeres que había conocido nunca llegaron a complacer a su madre.

Su monotonía solo se veía afectada por las semanales visitas de sus tías y las amigas de su madre. Entonces debía bajar al salón y ser complaciente. Apoltronado en su sillón, con la mirada perdida pasaba las tediosas veladas, asintiendo sin saber y esbozando sonrisas para el agrado de quien le mantenía.

Por eso cuando en Julio murió la madre, el mundo de Gonzalo se desmoronó. Quizá por las frases de sus parientes, o porque por fin tomó consciencia de la situación, por primera vez en su vida se dio cuenta que debía empezar a pensar y actuar  por sí mismo sin esperar el consentimiento de nadie.

Nunca hubiera creído que las tardes de visitas se pudieran echar de menos, así que empezó a salir. Caminaba sin rumbo y se paraba a descansar en algún parque, allí en el banco hacía lo que sabía, asentir a las madres que hablaban de sus hijos y esbozar sonrisas. Pero notaba que algunas lo miraban mal.

No se sabe si por hablar con alguien o por hablar de alguien, Gonzalo se compró un perro.

Desde ese momento, entró en un mundo desconocido. Alguien sin más se acercaba al banco y le hacía un comentario agradable sobre el animal o le contaba algo que podía parecer interesante. Y descubrió también a otros perros y a sus propietarios que sentían la , al principio incomprensible necesidad, de compartir sus experiencias. Había tardes en que llegaba casi exhausto a su casa, demasiada información, demasiadas conversaciones.

A medida que pasaban los días,  reencontró el mismo poder de abstracción que tenía con sus tías, y mientras los demás hablaban, se dedicaba a observar a los otros perros que eran el reflejo de sus amos, cursis, repelentes amables y a imaginar qué vida llevaban. Poco a poco se dio cuenta que le interesaban más las historias de los perros que las de las personas. Mirándolos a los ojos creía saber qué les estaba pasando. Incluso sentía que ellos le hablaban y en alguna ocasión incluso le pedían ayuda.

Su visión del mundo empezó a cambiar. Cuando en alguna ocasión se encontraba con las amigas de su madre o sus tías le visitaban, le resultaba casi inevitable compararlas. ¿Cómo nadie se había dado cuenta que la tía Gloria era exactamente igual que un chihuahua?, y Mercedes con esos andares tan ridículos… era un pequinés, cogida del brazo del buldog de su marido.

Una  tarde el dueño de un pastor alemán, que él sabía falto de caricias, llegó al parque desencajado por la desaparición de su perro. Nadie lo había visto, pero prometieron hacer todo lo posible para encontrarlo. Gonzalo fue uno de los que lo consoló. E incluso se ofreció para recorrer por las mañanas barrios vecinos para buscarlo.

De esa manera amplió sus limitados horizontes, era un asiduo de nuevos parques y en todos ellos entablaba conversaciones con los diferentes animales. Aquella extraña actitud provocaba cierta hostilidad entre los amos de los perros que no entendían demasiado bien el comportamiento de aquel hombre  callado y distante. Sin embargo,  él ya no podía vivir de otra manera. Pasaba prácticamente el día recorriendo un parque y otro y de camino se paraba ante cualquier perro que le dijera lo desgraciada que era su vida, hablaba de cualquier banalidad con el amo , mientras intentaba dar consuelo al animal.

De manera alarmante aparecieron , por los diferentes barrios, carteles anunciando la desaparición de perros fieles, muy queridos por los desconsolados amos que no concebían su vida sin ellos.  Casi a la misma vez Gonzalo también desapareció. No se podía decir que nadie lo echara de menos o incluso que alguien reparara en ello.

Semanas después una de sus tías entró en casa, el hedor era casi insoportable. Allí en el sillón apoltronado  y con la sonrisa  imbécil de siempre estaba Gonzalo. Muerto desde hacía días y rodeado por una verdadera jauría a su alrededor.

ANA CUTILLAS

Deixa un comentari!